Siempre he soñado con
ganarme un premio Nobel (indistintamente del área en cuestión), estar en la
ceremonia, conocer Suecia y disfrutar del premio en efectivo (o en cheque) que
viene de la mano con este galardón que son algo así como 300 o 315 millones de
pesos.
Soportaría con estoicismo
las 2 (y más) horas que dura el evento, las llamadas de felicitación a las 3 am
hora de Colombia, el vuelo cruzando el Atlántico (dopado porque soy
claustrofóbico), los lagartos, los lagartos de los lagartos, los abrazos con
palmadita en la espalda, los abrazos con palmadita en el trasero, los besos de
cachete con señoras que parecen señores, los besos de cachete con señores que se comportan como señoras y los
besos de cachete con partes del mobiliario que resultan ser señores o señoras,
solo por dos motivos:
1) El premio en efectivo.
2) Llamarme oficialmente “Don
Rafa”.
La justificación del primer ítem la resumió el filósofo más
grande que ha tenido Colombia a lo largo de su historia pre y pos Republicana,
Antonio Cervantes “Kid Pambelé”, a quien se le atribuye haber dicho: “En
Colombia es mejor ser rico que pobre”. Y yo le doy la razón. 300 millones de
pesos colombianos, ayudan a pagar deudas y para que no me coman los impuestos
entrando al país me iría a vivir a las Bahamas.
No es que no quiera a
Colombia, igual seguiría estando pendiente de todos, pero las matemáticas son
las matemáticas y si puedo ahorrarme unos pesos entre impuesto a la entrada de
capitales, impuesto a la salida de capitales, impuesto “temporal” del 4 X 1.000 por transacciones bancarias,
impuesto de “ganancia ocasional”, etc, lo haría…al menos hasta que en Colombia
se organicen y se vean funcionar los impuestos.
El segundo aspecto si es más
de “caché” como decimos algunos, o de “plus” en palabras de un publicista
amigo. El asunto radica no en ganarse el Nobel y guardarlo. Sino en broncearlo,
acompañarlo a fiestas, al cine, a la playa…a Nascar, mejor dicho: Lucirlo. Algo
así como el Nobel de Paz Al Gore de Los Simpsons.
La ventaja de ganarse un
Nobel es que mágicamente las colas para comprar el pan terminan, los almuerzos
gratis comienzan y cualquier cosa que uno haga o diga se vuelve importante. Ahí
viene lo interesante. Mágicamente mi nombre cambiaría de Rafael a “Rafa”, pero
como el interior del país suena tan extraño, me dirían “Don Rafa”, que suena
bien hasta estando en calzoncillos.
Al igual que Gabriel García
Márquez, entraría en la política como “Co presidente”, pero a diferencia de él,
yo me tomaría “selfies” con el Papa, me emborracharía en la Mansión Domeq y
pediría una sopa en Mc Donalds. Es el Nobel y hay que aprovecharlo.
En eso “Don Gabo” yo nos
diferenciaríamos, mientras él siguió una
vida tranquila luego del premio, se dedicó a escribir, tomar whisky y oir
vallenatos, yo me iría de gira con Metallica. Mientras a mí me dirían “Don Rafa” porque el premio se me subiría a la cabeza y
mi condición bogotano egocéntrico lo alentaría, a él le decimos “Gabo” porque
siempre fue un tipo chévere y mamador de gallo que no necesitaba el “Don” en su
nombre para ser feliz.
Sin más arandelas ni pendejadas solo “Gabo”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario